Hoy quiero dedicarle a mi abuela que apenas hace un mes que falleció y bajo el título “Los abuelos nunca mueren, sólo se hacen invisibles” un artículo escrito por el Dr. Enrique Orschanski, pediatra y publicado en «La Voz» de Córdoba.
Lo leí por primera vez buscando algo que nombrara lo que sentía, y me quedé con la certeza de que hay pocos textos que expliquen tan bien por qué la ausencia de un abuelo nunca es solo una ausencia. Desde este espacio de terapia, y desde el duelo personal que todavía estoy atravesando, quiero compartir sus ideas centrales y sumarles algunas reflexiones sobre lo que ese vínculo significa para nuestra salud emocional y para la estructura de la familia.
En las últimas cinco décadas la vida familiar se transformó de raíz, sobre todo a partir de un cambio productivo muy concreto: la incorporación masiva de la mujer al mundo laboral. Con los dos progenitores fuera de casa durante buena parte del día, muchos hogares empezaron a convivir con lo que se conoce como «síndrome de la casa vacía».
El nuevo rol de los abuelos en la familia moderna
Este cambio no fue neutro para el psiquismo familiar. Cuando los padres se ausentan por razones laborales, alguien tiene que ocupar ese lugar de sostén cotidiano, y en muchas familias ese «alguien» son los abuelos. Desde la terapia familiar entendemos este fenómeno como una reorganización del sistema de apego: los abuelos no reemplazan a los padres, pero sí estabilizan el ecosistema emocional del niño cuando la disponibilidad parental se reduce. Es una función silenciosa, pero con un peso enorme en cómo se construye la seguridad afectiva de las siguientes generaciones.
Ese nuevo escenario dejó a muchos niños al cuidado de personas fuera del núcleo familiar, o directamente en manos de instituciones. Delegar la crianza dejó de ser una excepción y se convirtió en costumbre en gran parte de los hogares.
Los que tienen la suerte de contar con sus abuelos cerca ganan mucho más que una ayuda logística: protección, traslados, comidas, momentos de descanso y hasta el acompañamiento en visitas médicas. Esos niños tienen, literalmente, padres de sus padres, y lo festejan con un abanico enorme de apelativos: abu, abuela/o, nona/o, bobe, zeide, tata, yaya/o, opi, oma, baba, abue, lala, babi, o simplemente su nombre de pila, cuando la coquetería del abuelo así lo exige.
Pertenencia, identidad y duelo: qué dice la psicología
Como escribe Orschanski, «los abuelos no sólo cuidan, son el tronco de la familia extendida», la que aporta algo que los padres no siempre logran ver: pertenencia e identidad, dos ingredientes indispensables para cualquier rama nueva del árbol familiar. En consulta familiar vemos con frecuencia lo que ocurre cuando ese tronco se pierde: no es solo tristeza, es una fractura en el relato familiar, en el «de dónde venimos» que sostiene la identidad de los más chicos y también la de los adultos. Trabajar el duelo por un abuelo, o reparar un vínculo intergeneracional distanciado, suele abrir preguntas más profundas sobre pertenencia, raíces y continuidad —a veces trabajadas mediante constelaciones familiares — que merecen espacio propio en terapia, y no solo resolverse con el paso del tiempo.
Casi todos los abuelos adoran a sus nietos de una forma que se nota a simple vista: basta mirar cómo las fotos de los hijos van cediendo su lugar en la casa a las fotos de los nietos. Ese pequeño gesto le dice mucho a unos padres que, gracias a él, descubren que ya no cargan solos con la tarea de criar, y que han entrado en una nueva etapa de madurez.
Convertirse en abuelo es también una manera muy concreta de hacer las paces con el paso del tiempo, de aceptar la propia edad y la vejez que se acerca.
Pero en vez de resignarse, muchos abuelos sienten algo más fuerte que la melancolía: la sensación de que, a través de sus nietos, una parte de ellos se vuelve inmortal. Cada nueva rama de la familia repite gestos, rasgos, formas de reír, y de ese modo la vida se estira un poco más. «La batalla contra la finitud no está perdida«, parecen pensar, aunque no lo digan en voz alta.
Los abuelos miran de otra manera. Como ya no ven tan bien de cerca, reservan los ojos para otras cosas: para opinar, o simplemente para recordar. Como tienen tantas cosas dando vueltas en la cabeza, se les humedece la mirada con facilidad, y a veces temen no llegar a decir todo lo que querrían.
Sus manos, generalmente suaves, se mueven con una lentitud cuidadosa, casi protectora. Con los años aprendieron algo que ningún libro enseña del todo bien:
«Un abrazo enseña más que toda una biblioteca»
Los abuelos disponen de un tiempo que a los padres se les escapó entre obligaciones, y de algún modo consiguieron recuperarlo. Leen sin prisa, cuentan una y otra vez historias de su propia infancia, y con cada relato las raíces familiares se afianzan un poco más, y la identidad de los nietos se vuelve más sólida.
Construyen infancias enteras, casi sin que se note, día tras día. Son cómplices insuperables de secretos, y malcrían con total libertad porque no le rinden cuentas a nadie por eso. Sostienen, casi con autoridad moral, que recordar bien también significa saber qué olvidar. Por eso olvidan que esas mismas travesuras que hoy les festejan a sus nietos, antes se las reprocharon a sus propios hijos: en su momento estaban demasiado ocupados educando para poder disfrutarlas. Algunos todavía conservan el arte de jugar a cosas que no necesitan pilas ni pantalla.
Son verdaderos especialistas en calmar angustias, sobre todo cuando una discusión entre los padres hace que un niño sienta que el mundo se le viene abajo. Cualquier comida que preparan sabe mejor, incluso la que compraron hecha. Y los abuelos siempre tienen ese olor tan suyo, que no depende del perfume que usen: es simplemente su aroma, el que queda grabado para siempre en la memoria.
Los chicos que crecen con abuelos cerca están, de algún modo, más cerca de la felicidad. A los que los tienen lejos les convendría encontrar uno propio, porque siempre hay alguien dispuesto a cumplir ese papel.
Gracias Geno, brindo contigo y por ti.
Un mes después de despedirme de mi abuela, entiendo mejor por qué este texto se repite tanto: no habla solo de ausencia, habla de todo lo que sigue vivo después de una pérdida, en gestos, en frases, en la manera de mirar que heredamos sin darnos cuenta. Si estás atravesando el duelo por un abuelo, o si sientes que el vínculo con tu familia extendida quedó pendiente de resolver, en terapia puedo acompañarte a poner en palabras eso que todavía no encuentra lugar. Puedes reservar tu primera sesión de terapia individual en Barcelona, o consultar disponibilidad para sesiones de psicoterapia en Girona.